hola dios un gusto yo soy camila

mi primera misa fue a unos meses de nacer, pero en la primera que recuerdo ya tenía once años y era otoño. al final del segundo recreo, que sonaba a las 10:15, teníamos que hacer una fila por curso y bajar unas escaleras hacia la Casa de Dios. no eran todas las mañanas, era algo así como prepararse para pascuas o alguna de esas cosas, no lo recuerdo porque yo ya hacía un par de años que no creía en dios. y, a esa edad, un par de años es toda una vida, así que para mis términos dios nunca había existido. recordaba el intento, igual, las ganas de que exista cuando tenía un cuadrito de jesús tamaño mano (mano de adulto) que guardaba en el cajón de mi mesa de luz y sacaba para pedirle por favor que mi hermano deje de molestarme. me pareció que la respuesta estaba clarísima cuando el tiempo nos volvía cada vez más enemigos: si dios existía, mis pedidos le chupaban un huevo // si yo le chupaba un huevo a dios, entonces él a mí también. 

para 6to grado ya tenía masterizada la técnica: como tenía que tener el pelo atado, al cable del auricular lo escondía en el buzo, entraba por debajo y subía por la manga para salir en mi mano. así, de ratos llevaba la mano a la oreja y mi misa era Katy Perry cantando i don’t wanna be one of the boys, one of your guys o, peor, i kissed a girl and i liked it. no es que no pudiera pasar el tiempo que duraba la ceremonia sin escuchar música, es que necesitaba faltarle el respeto a dios. si dios no me ayudaba cuando le lloraba que mi hermano no me moleste, cuando le pedía que mis papás no griten, si me decía que era un crimen querer darle un beso a mi amiguita, que yo había hecho algo muy malo que tenía que confesar; si dios me decía que yo era una insolente, entonces le quería dar más razones para que me odie. los profesores siempre decían que dios es amor etcétera, etcétera, pero yo quería que me odie como yo lo odiaba a él. dios era como un amigo con el que me había peleado; no, dios era como ese amigo del grupo que todos aman pero vos sentís, sabés, que esconde algo y no es de fiar.


la concha de tu madre, dios

la adolescencia me llegó entonces enemiga del dios en el que no creía, me liberé del colegio católico donde dios no me dejaba pintarme las uñas, tener el pelo suelto, usar pantalón en invierno, pensar en lo lindas que son las mujeres ni ser medio rara. llegué a una escuela donde conocí la libertad de usar borcegos con el uniforme y teñirme el pelo de colores fantasía, me encontré al feminismo y esa frase tan en trance de revolución: “la única iglesia que ilumina es la que arde”. fantástico, acá casi nadie cree en dios, debe ser mi lugar. sin embargo, hay algo que nunca dejé de repetir y sufrir, y es que yo siempre quise creer en Dios, pero no me salió. 

dice Corominas (1973) que el verbo “alabar” podría venir del latín clásico de bofetón (alapa), no tiene nada que ver con Alá. según el DRAE (2001), viene del latín para “jactarse”, “alardear”, como si la alabanza fuera una cosa de presumidos. así se siente un poco, cuando estás del otro lado y tenés un anhelo inmenso de pertenecer. se les puede ver en los ojos cómo el mundo se vive distinto cuando hay algo que le está dando un sentido más grande. encontrar el punto de la vida es una tarea demasiado grande para un bobo ser un humano, y sobre todo una muy solitaria.

mi viejo, pilar indiscutible en la construcción de mi sistema de creencias, me cagó. cuando era chica, él no creía en dios sino en que históricamente las religiones en realidad eran los aliens y qué sé yo, pero cuando le llegó la mediana edad le agarró el apuro existencial y llenó la casa de cruces y hasta creo que empezó a rezar. yo llegaba el domingo a visitarlo y veía sobre la puerta un jesús todo sufrido y ensangrentado mirándome con pena, y a mí me daba bronca. te odio, jesús, yo no te pedí que mueras por mis pecados ¿y encima Él me tiene pena a Mí? dejate de joder. 

desde entonces, me comprometí hondamente con el pecado. por si acaso, quise probar por mi cuenta todo lo que me decían que él decía que estaba mal. con algunas cosas estuve de acuerdo, con otras no, pero lo que me volvía loca era la imposibilidad de discutirlas. una vuelta, a eso de los 20, volvía de Carlos Paz en colectivo y a mi lado se sentó un hombre de esos evangélicos que venden masitas, me enteré porque me pidió mandarle un mensaje a su pastor para avisarle a qué hora llegaba a la parada. me interesó, quise charlar; y él, por supuesto, se interesó de inmediato en intentar convencerme de sus verdades. la conversación estuvo bien, pero me frustraba todo el tiempo chocarme contra una pared frente a mis por qué: habría que preguntarle a Él y señalaba el techo del bondi. yo le explicaba que siempre quise creer en dios, que había muchas cosas que compartía, pero había otras fundamentales que no y no entendía por qué tendrían que ser de la forma que decían si no le hacía mal a nadie. me bajé del colectivo sin respuestas, claro, y más enojada con un dios en el que no creía pero con el que no podía parar de discutir. 


bueno a ver te escucho dale 

después de algunos años de buscar la espiritualidad en rituales prestados y juegos de sentido, le pregunté varias veces a mi psicóloga si estaba segura de que no estoy loca y acepté que quizás la crianza católica había dejado más rastro en mi identidad del que quise asumir. a mis principios, con sus salvedades, los reconocí profundamente católicos, y me atreví a mirar el pozo ciego de significado que me dejó saberme desde tan chica faltante de un dios (saber de lo que me estoy perdiendo). habitando un presente que siempre aspira a verse liso, pulcro y hueco, a la par que se cae a pedazos, era cuestión de tiempo tener la necesidad de volver a intentar creer que hay algo más. enemiga de las instituciones, jugué y coqueteé con varias formas de fe antes de decir, sin pensarlo, cuando el momento lo trajo: ¿me acompañás a misa? 

entramos a una iglesia ortodoxa griega, la parroquia ortodoxa san jorge, fundada por inmigrantes sirios y libaneses de la ola inmigratoria del siglo XIX. yo no les quiero mentir, no soy muy versada en todas estas cuestiones de ramas burocráticas de creencias, pero la página de la muni dice que depende del patriarcado ortodoxo de antioquía y que esa es de las más viejas de las ramas estas que digo. y si estamos mal que mal familiarizados con la palabra “ortodoxo”, podemos suponer que el rito va a cargar esa solemnidad que se va perdiendo de a poco en las tradiciones con el adaptarse a las nuevas masas.

después de tanto tiempo sin vernos, no quería guardar las apariencias con mi viejo enemigo de la infancia. si la ropa es discurso, quería hablarle a los gritos sobre quién soy ahora. agarré mi camisa más colorida chic, una cinta bebé en el cuello, un delineado medio payaso y un reloj de choker. nos veíamos como un par extraño para una misa llena de sus fieles de siempre, sin duda resaltamos porque una señora muy mala para disimular nos sacó una foto aprovechando el movimiento post-comulgar.

llegamos tarde, porque este dios no se llevaba muy bien con facebook, así que no pasó mucho hasta que empezaron todos a cantar en armonía una canción que no conocía mientras se levantaban y hacían fila para comulgar. el tiempo parecía bastante suspendido sobre nuestras cabezas, no les voy a mentir. algo de la melodía te ponía la piel de gallina, si mirabas los rostros de los fieles podías encontrar esa paz de quien está haciendo un ritual que se sabe de memoria. esa tranquilidad paciente de tener la seguridad de que al completar los pasos aprendidos hay un premio, la bendición. mientras avanzaba la fila, se iban restando las voces para poder rezar en silencio y lo que empezó con una potencia intimidante se convirtió de a poco en un murmullo consolador. la gente recibía la hostia, se persignaba a un costado y después volvía en fila por el pasillo más cercano a la pared, en el que al final esperábamos nosotros. no los conté, pero diría que al menos diez personas volvieron a su asiento llorando. nosotros observábamos todo respetuosos y estáticos desde una esquina.


dios aprieta pero no ahorca

lo primero que vi cuando entramos fue un pequeño hueco en la pintura de la pared, descascarada dejaba ver lo que había antes y no pude dejar de mirarlo. la pintura nueva era blanca, lo normal, un lienzo sobre el cual reflejar cualquier cosa. en teoría del color, tengo entendido, se explica que el blanco refleja todos los colores porque no absorbe ninguno; es decir, en cierta forma, el blanco es todo lo que vos quieras. cuando era chica era mi color favorito y me molestaba muchísimo cuando alguien decía que en realidad no es un color, porque es todos (como el negro, que no es ninguno). era mi favorito porque va con todo e ilumina, a mi mamá no le gustaba mucho porque “es un color muy sucio”, pero yo aprecio que le queden las marcas de haber vivido cosas. me gusta que la luz, en el fondo, siempre sea blanca, pero que la luz blanca sola sea un horror; que una habitación toda blanca sea un poco perturbadora; que alguien vestido completamente de blanco genere desconfianza; que el cielo cuando está blanco se lleve el tiempo y haga que todo se vea desalmado. 

debajo del blanco, la pintura no era lisa. a rayas desordenadas como quien agarra una lapicera enojado y se descarga sobre la hoja, con textura se podía ver el rastro del rojo sangre que había antes. me quedé con los ojos clavados ahí un buen rato, me incomodaba y generaba una sensación tan parecida al jesús ensangrentado que me miraba en salita de 5. ese jesús que había sufrido tanto por mis pecados que yo ahora tenía que sufrir para que estemos a mano me estaba mirando desde la pared, desde debajo de la pintura nueva, en una iglesia donde decían algunas cosas que él no me había contado, pero compartían algo crucial en toda esta cuestión: el sufrimiento.

en la puerta que da a la calle de la parroquia de san jorge, si se levanta la vista desde la vereda del frente se puede ver dibujado con la reja a san jorge atravesando un dragón con su lanza. el día que fuimos a misa se conmemoraba a la santa cristina de tiro, cuya historia es algo así como que su padre la encerró en una torre con estatuas paganas y la gracia divina la hizo agarrar un hacha y destruir todo. por lo que la intentaron matar, claro, “atormentada en una rueda ardiente y arrojada al mar con una pesada piedra al cuello”. después, por suerte (perdón, por gracia divina), sobrevivió y mató a un montón de gente para esparcir la Verdadera Palabra de Dios, pero no sin antes padecer las siguientes cosas: cinco días en un horno ardiente, un foso de víboras y fieras salvajes, que le corten su lengua y sus senos, ser finalmente atravesada por lanzas y abandonar este plano. pero está todo bien, no se preocupen, la historia tiene un final feliz: santa cristina se coronó como victoriosa esposa de cristo, porque con todo ese sufrimiento en su nombre le entregó su alma a dios. 

al final valió la pena todo ese sufrimiento. hay algo tan satisfactorio, tan calmo, en transitar el sufrimiento sabiendo que con tu dolor te estás ganando el perdón. hay algo de este dios sádico que te enseña ese disfrute, ese goce, algo de que la fe te exige creer en algo puro, como el perdón, sabiendo que es necesario el sufrimiento para eso. está bien sufrir, torturarte, porque dios perdona, y dios perdona porque le gusta mirar. 


ola camila soy el misterio de la fe cómo te va

Soy el misterio de la fe,

Soy el camino firme,

Soy la vida y la verdad.

cantaban durante el rito, yo no conocía las canciones así que intentaba agarrar las cosas que decía, no podía evitar pensarlas más allá de su sonoridad. me quedé dándole vueltas a la contradicción de ser a la vez el misterio y el camino firme, de que eso haga síntesis en la vida y la verdad, que son lo mismo. cubría las dos caras que necesita el espíritu, la certeza y el enigma.

si en la cabeza ubicamos todos los elementos dentro de un cuadrado semiótico (Greimas, 1966), capaz podemos sacar algunas conclusiones sobre cómo está operando el sentido con las relaciones que se establecen entre las partes de lo que nos ofrece dios. para lo que nos importa, un cuadrado semiótico no es más que una estantería donde ubicar las palabras para entender mejor sus relaciones (vieron que el lenguaje es un sistema de oposiciones, acá comparás esa oposición para ver la capa de sentido que se opone a la de la otra palabra). tiene cuatro puntas (es un cuadrado) y en cada una dejás uno de estos conceptos teniendo en cuenta que la esquina que elijas dice algo sobre cómo se relaciona el concepto-esquina1 con el concepto-esquina2, con el 3 y así. acá un ejemplo que te lo explica mejor que yo:

con nuestra recién aprendida canción nos quedaría algo así: 

entonces cuando digo que dios nos está ofreciendo todo eso, digo que nos está ofreciendo todo el abanico de la experiencia, está diciendo yo soy la contradicción que tenés que habitar. porque, claro, uno anhela la paz pero necesita también otras cositas si nacemos inherentemente insatisfechos. si necesitás la verdad, pero es inaccesible porque es una utopía discursiva, tengo lo justo para vos: una verdad que se esconda, una luna que te muestre que tiene una cara oscura pero vos confiá. la verdad, ese camino firme, es lo que no sabés. vos confiá.

y la gente confía, y ese alivio de rendirse ante algo más grande, de renunciar a la insoportable responsabilidad de encontrar un sentido y levantar la cabeza después de la bendición para descubrir que el camino es claro y no van a hacerlo solos, creo que es lo que los hace llorar tanto. debe ser. cuando terminó la misa, el cura caminó tranquilo hasta la puerta y tras él se armó una fila de punta a punta de la iglesia para recibir un beso de despedida y una bendición personalizada. algunas personas lloraron, la mayoría le hablaron apasionados de cosas que no llegué a escuchar. yo salí rápido y le sonreí agachando la cabeza, con pudor, sentía que estaba presenciando un momento íntimo del que no era parte, me sentía voyeur. 

cuando salimos y comparamos impresiones, me llamó la atención cómo cada uno escuchó las partes de la canción que más le iban a hablar. yo no escuché nada de ser enemigos del odio, él no escuchó nada sobre la pasión por la verdad. me quedé pensando en eso, en el énfasis que le ponían a la verdad y en que mi relación con la verdad es la de un fiel con su fe. la verdad como una utopía hacia la cual intentar ir sabiendo que no se puede llegar, la mentira como un pecado que cuando se comete se intenta absolver con la culpa. un dios discursivo, como con el que peleo hará 20, 21 años. capaz más. peleo con dios como quien pelea con una palabra, con un concepto. 

“dios es contraintuitivo” me dice mi amigo cuando le cuento, “pero igual lo pensamos de otras formas”. lo intenté toda mi vida, pero nunca pude sentir al dios todo fantasioso que me contaron de chiquita, y sin darme cuenta me hice uno yo sola. si mi entendimiento del mundo es discursivo, porque llevo con conciencia que no podemos acceder a la experiencia por fuera de cómo la organizamos en y con el discurso, entonces que mi dios sea discursivo no le saca nada de poder. por eso discutimos, a efectos prácticos no me importa si existe o no porque ya tiene la potencial omnipotencia del concepto, que vendría a ser maomeno lo mismo. 

le comenté esto con algunos vermús encima a un desconocido en algún evento de poesía y me contó su versión de creer en dios, algo de la física y el concepto de infinito creo que era, no sé, tenía varios vermús encima como digo. lo que sí recuerdo es que era la misma idea bajo otro sistema de referencia, el mío todo humanidades y el suyo de estudiante de biología, pero los dos intentando encajar al dios con el que renegamos dentro de los ejes de nuestras vidas. capaz tenemos la necesidad de algo absoluto, y no es que dios sea el fundamento de todo, pero capaz necesitamos que algo lo sea. con el jueguito de la abstracción y el inconsciente, puede que en algún momento nos hayamos ido muy lejos y desde entonces necesitamos sí o sí algún ancla para no perder la cordura de desolación porque la vida es esto y ya está. 

o alguien tiene razón, alguna de todas las ideas, teorías, instituciones y supersticiones sobre el misterio de la fe descubrió el secreto y lo que pasa es que el espíritu se inclina siempre a buscar la respuesta que le falta, a completarse. yo, por supuesto, no soy quien responderá esa incógnita, pero me comprometo a cuestionar y defender cada posible respuesta con la sospecha del traicionado y la esperanza del ludópata. y es que de existir un Dios, sé que jamás me dejaría ir al cielo, porque él sabría que yo solo intentaría llegar ahí para ponerme a discutir. por eso lo hago en carne y no espero a ser espíritu, por eso, ahora, voy a tener que leer la biblia. 

Referencias

Corominas, J. (1973). Breve diccionario etimológico de la lengua castellana (3.ª ed.). Gredos.

Greimas, A. J. (1966). Semántica Estructural. 

Real Academia Española. (2001). Diccionario de la lengua española (22.a ed.). Espasa Calpe.